París con COVID-19: después de titubear, el confinamiento Por Paula Vásquez Lezama

Las medidas de salud pública en Europa para enfrentar la epidemia del COVID-19 han sido un gran ensayo y no un “ensayo y error”, porque con una población no hay posibilidad de hacer pruebas de laboratorio. Diría que, aunque se generen crisis de confianza, es comprensible que los gobiernos hayan vacilado ante un agente patógeno desconocido que apareció por sorpresa en un mundo marcado por la circulación de población y de estrechas relaciones comerciales con China. En Europa hemos visto escuelas, concepciones de la salud pública enfrentarse, maneras de concebir el manejo de las epidemias radicalmente distintas. A partir del 20 de marzo, es el drama italiano lo que lleva al consenso sobre el confinamiento.

Desde el 10 de marzo el gobierno francés sigue con cuidado lo que ocurre en Italia (país que desafortunadamente ha resultado ser una suerte de conejillo de Indias). Esa semana conversó largamente con el gobierno alemán a causa de la situación grave de la frontera en el Bajo Rin, miró de lejos a España e intuitivamente se desmarca del Reino Unido. No fue sino el 20 de marzo que el gobierno británico de Boris Johnson decidió cerrar las escuelas y preconizar el trabajo a distancia. Al momento de escribir estas líneas, la situación epidemiológica del Reino Unido es desconocida y no se tiene mucha idea de las consecuencias de un actuar tardío, aunque puede preverse lo peor. A fines de marzo, queda claro que la mejor estrategia gubernamental es dejar la omnipotencia y aprender de los otros.

Yo dejé de ir a mi oficina en el distrito 17 de París el jueves 12 de marzo y dejé todo arreglado porque sospechaba un “confinamiento a la italiana”. Trabajaría desde la casa. Vivo en el distrito 10, en una zona congestionada y comercial, que no me imaginaba vacía. Me parecía remoto. No compré provisiones, preferí esperar. Los expertos ya anunciaban que la epidemia afectaría a Francia. Lo que había que evitar es que todo el mundo se enfermara al mismo tiempo, porque no hay suficientes camas de reanimación respiratoria en el país para un ingreso masivo de enfermos graves. Para evitar eso, la única solución es evitar el contagio masivo, o más bien retardarlo. Durante las dos primeras semanas de marzo, la consigna de lavarse las manos era tomada a la ligera, casi como un regaño. Besarse al saludarse era un acto de rebeldía. Esa actitud cambió radicalmente.

El jueves 12 de marzo, el presidente Emmanuel Macron se dirigió a la nación dando una consigna contradictoria a la población –lo mejor es que tomen medidas higiénicas preventivas, mantengan la “distancia social” y privilegien el “teletrabajo” porque la situación puede agravarse– pero a la vez mantuvo la realización de las elecciones municipales del domingo 15. Gran error del gobierno francés haber mantenido esa primera vuelta electoral del domingo 15, sabiendo que era un riesgo para la población salir de sus casas. Pero, sobre todo, que se estaba dando un mensaje contradictorio en un momento en el que la comunicación de los poderes públicos es crucial. El mensaje fue absurdo: salir a pasear no era recomendable mientras que ir a votar sí se podía. Pasamos de, en 24 horas, “poder salir a votar con cuidado” al confinamiento. Yo salí a votar y me sentí que caí en una trampa política ridícula. Me expuse innecesariamente. El gobierno quiso evitar que lo acusaran de ser autoritario por suspender las elecciones, pero fue peor mantenerlas.

Esta decisión errada hay que leerla, por un lado, teniendo en cuenta la profunda crisis política que vive Francia desde el 2019, y por otro, la incertidumbre de los epidemiólogos en cuanto al comportamiento de la epidemia. No hay consenso científico epidemiológico en el manejo de la crisis. Para el gobierno, el costo de suspender la elección era una nueva acusación de autoritarismo.

Aprovechando las flores frescas

Me mudé y todavía voto en mi antiguo municipio, por lo que tuve que ir en un metro desierto, en tensa calma. Los testigos de mesa recibían a los votantes asustados, nadie quería ni verse la cara. En la fila, la gente miraba para arriba. Con una mano el testigo de mesa te echaba gel hidroalcólico y con otra agarraba la cédula de identidad. Surrealista. Después de votar, fui al mercado bajo el viaducto del metro Dupleix. Había poca gente, pero en los puestos de pescado, carne, frutas, vegetales y flores, no se mantenía la distancia reglamentaria. Estaban surtidos, pero sabían que seguramente tendrían que botar la mercancía que no podrían almacenar por tanto tiempo, en caso de confinamiento total. El vendedor de flores me dijo: “Aproveche, quién sabe cuándo vuelva a tener flores frescas en la casa”. Una semana después, los mercados libres siguen, pero fuertemente reglamentados.

 

Esta intersección bajo la tienda Tati suele estar abarrotada. Foto: Paula Vásquez Lezama

 

El lunes 16 amanecimos confundidos. Los noticieros comentaban las elecciones, pero la noticia era la epidemia y las medidas que el gobierno no tardaría en tomar. El presidente y el ministro del Interior se dirigieron a la nación y explicaron las medidas desplegadas en la “guerra al virus” a las 8 de la noche del lunes 16. La retórica bélica causó una breve polémica, pero no hubo tiempo para diatribas. Fue un elemento de lenguaje que intentó darle seriedad a la acción del Estado porque este es un país de cuestionamientos interminables. Seguramente no fue la expresión apropiada, si se compara con el discurso de Angela Merkel, quien habló después. A partir del martes 17 a las 12 del día, las medidas de confinamiento son limitación drástica de la circulación, cierre de fronteras del espacio Schengen, cierre de cafés y restaurantes. Progresivamente se han hecho más rígidas las consignas comunicadas por el ministro del Interior, Christophe Castaner.

La noche del lunes 16, los clientes de cafés y restaurantes se resistían a la orden de cierre. Desconcertada e indiferente, la gente no se quería ir. Los jóvenes declaraban airadamente su amor por la libertad y su rebeldía atávica ante las cámaras. Pronto quedaron como tontos.

El martes 17 a las 12 del día, París finalmente se vació y gendarmes y policías ocuparon las calles. No hay militares en las calles ni tanques de guerra. No ha habido hasta ahora toque de queda en París. El jueves 19, los militares instalaron un hospital militar en las afueras de Mulhouse. El domingo 22 se endurecen las medidas en las ciudades de playa del Mediterráneo con un toque de queda entre 9 de la noche y 5 de la mañana.

En ciertos puntos de París, como en los alrededores de las estaciones de tren, hay mucho control policial. Queda por ver la eficacia de la medida que anunció la alcaldesa Anne Hidalgo (todavía en funciones, porque no se sabe cuándo es la segunda vuelta) para darle alojamiento a los mendigos y a la gente que vive en la calle, particularmente vulnerable y sin posibilidad de tener una higiene mínima.

La prueba de la honestidad

Para poder salir a la calle debemos tener una “declaración jurada” impresa donde se indique el motivo de su salida —hacer compras de comida, de medicina o ir al trabajo— con fecha y firma, que debe presentarse a los agentes de seguridad en caso de control. Es una medida disuasiva. Es el agente del orden quien decidirá la honestidad del transeúnte: si escribió que salió a comprar pan, no puede estar a 10 kilómetros de su casa. El 17 después del mediodía, hubo forcejeo en zonas comerciales populares como Chateau Rouge y Barbès. Los policías con megáfonos sacaban a la gente atónita de los comercios de comida.

El miércoles 18 las calles de París se vaciaron completamente. Los mercados, panaderías y farmacias abren en horario restringido. La vida íntima se volvió asunto público. La gente quiere contar su vida cotidiana en los medios y redes. En las radios y los periódicos, los psicólogos dan consejos de convivencia a las parejas que están divorciándose o que intentan trabajar con niños en la casa. Los números verdes de violencia conyugal están alertas. Los humoristas dan consejos sobre cómo hablar con los/las amantes cuando se está encerrado con el cónyugue. “Lo que se decida en estas circunstancias excepcionales tendrá que revisarse cuando vuelva la normalidad”, advierte un psicólogo en la radio. Si es que la normalidad vuelve, le diría yo, porque no saldremos indemnes de esto y el mundo cambiará, sin duda. El consejo científico que asesora a Emmanuel Macron preconiza el confinamiento hasta principios de mayo. El gobierno pareciera estar consolidado.

 

La tarde desde mi ventana. París se calla. Foto: Paula Vásquez Lezama

 

Una familia de amigos queridos que vive cerca está probablemente infectada porque presentan todos los síntomas. Están vigilados virtualmente por el médico de familia. Solo en caso de complicación deben llamar a una ambulancia.

Yo trato de hacerme una rutina de escritura, limpieza y orden. Subo y bajo los seis pisos por las escaleras para hacer ejercicio. Hasta ahora no he tenido problema para abastecerme. Salgo con mi declaración jurada lista para presentarla. Ver los grandes bulevares vacíos, desiertos, es estremecedor. Los días serán largos en mi apartamento de 40 metros cuadrados.


Paula Vásquez Lezama es Socióloga y antropóloga venezolana, investigadora titular del Consejo Nacional de la Investigación Científica de Francia

Este artículo fue publicado originalmente en cinco8 el 24 de marzo de 2020