Michel Friedman: Las fronteras necesitan libertad

Foto del día de la caída del Muro de Berlín: 9 de noviembre de 1989. | Foto DW

 

El filósofo Ludwig Wittgenstein escribió: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Eso vale, por supuesto, también para mí, que trato de pensar acerca de los límites, aunque mi pensamiento es limitado, mi conciencia es insuficiente, de modo que mi lenguaje, inevitablemente, se topa con sus límites.

Las fronteras son dinámicas y no estáticas, como muchos esperarían. Están en movimiento porque la gente está en movimiento, porque el nuevo conocimiento muestra las limitaciones del viejo conocimiento, y lo convierte en incorrecto o simplemente lo invalida. Las percepciones que emergen del nuevo conocimiento conforman por un instante un signo de exclamación y pueden derribar viejos límites y dibujar otros nuevos. Pero incluso aquellos que han ocasionado ese proceso, son etiquetados rápidamente como poco conocedores del tema.

El anhelo por el “más allá”

Paradójicamente, las fronteras necesitan libertad. El anhelo de cruzar las fronteras, ya sean los límites del pensamiento, los límites emocionales, los límites del tiempo, los límites físicos, los límites nacionales, los límites del universo, el anhelo de experimentar lo que hay “más allá”, nos lleva a la luna, a Marte, y a todo el universo, en el mejor de los casos.

Al mismo tiempo, el hombre depende de las fronteras, aunque sólo sean temporales, las cuales proporcionan orientación y apoyo. El cerebro necesita de patrones para poder funcionar. Límite no significa necesariamente limitación. En primer lugar, solo delimita, y solo adquiere su carácter excluyente a través de atributos añadidos. Las fronteras pueden ser destructivas, o creadoras de identidad.

Para el hombre, la conciencia de la limitación temporal de su propia existencia, es decir, la idea del fin, al menos de estar aquí, es una profunda ofensa. Pero el hecho de que la fantasía y la imaginación apenas puedan pensar en mundos diferentes y nuevos, o en la infinidad del universo, o sea, la dimensión espacial, no significa que nuestras fronteras mentales sean insuperables. La inteligencia emocional y cognitiva, así como la empatía social, han hecho posible que el hombre, desde sus orígenes, supere sus propios límites para desarrollar nuevos conceptos y técnicas de supervivencia. Las limitaciones del pensamiento, al parecer, son temporales y están abiertas a nuevas soluciones y pensamientos, incluso si surge la sensación de que a veces esto sucede con demasiada lentitud, y no siempre con un propósito.

Aislamiento vs. permeabilidad

Todas las fronteras, especialmente las físicas (territorios) o las nacionales (Estados), son construcciones. Al mismo tiempo, representan un intento de crear comunidades a partir de grupos de personas, en parte con una identidad nacional, y de defender esa delimitación por todos los medios del poder y de la violencia. A veces, al parecer, esas fronteras son inútiles.

Las construcciones fronterizas siempre tienen un componente económico. La preservación de la propia riqueza y privilegios es uno de los motivos más fuertes para aislarse y solo permitir falsas aperturas cuando son en beneficio propio. Con toda claridad, estamos experimentando este pensamiento, aún dominante, y no solo en la Unión Europea. Es evidente que las fronteras tienen diferentes grados de permeabilidad y que hay que renegociarlas una y otra vez.

La falta de fronteras internas en la UE se ha relativizado en muchos ámbitos. La voluntad de mirar a la gente a los ojos –independientemente de su color de piel, religión, género y origen– en lugar de confrontarlos defensivamente y con prejuicios, experimenta un amplio retroceso en las democracias liberales.

La llave de la prisión interna

Cada “nosotros” necesita un “ustedes”; cada frontera no es solo la defensa del intruso externo, sino también una “prisión” para los que están dentro. La clave de la prisión interna está en uno mismo, pero solo puede ser encontrada cuestionando ese “yo”, lo que permite que se produzcan grietas en las verdades hechas de cemento.

Hace 30 años se demostró en Alemania que los muros que una vez fueron construidos podían ser derribados de nuevo. Vale la pena señalar que fueron los ciudadanos de la dictadura alemana de la RDA quienes, a pesar de su justificado temor al sistema, pusieron en marcha la energía necesaria para derribar ese muro, es decir, esa frontera física. Todos los líderes políticos que hoy vuelven a construir muros deben ser conscientes de que es posible reprimir y limitar la libertad humana, pero nunca el deseo de libertad, y de que el anhelo de un poco más de libertad es la esperanza impulsora de nuestra existencia.


Michel Friedman es abogado, publicista y periodista de televisión. Es profesor de Derecho Inmobiliario y Medios de Comunicación en la Universidad de Ciencias Aplicadas de Fráncfort del Meno.

Publicado originalmente en Deutsche Welle el 9 de noviembre de 2019