María Corina Machado: Arrechos, ¡y con razón!

Sí, hay mucha rabia. El venezolano está harto de mentiras, descaro y excusas. Harto de que cuando hay Internet, no hay luz, y cuando hay luz, no hay Internet. Harto porque aunque baja el dólar, igual suben los precios. Arrecho porque la matraca se ha convertido en la humillante y cotidiana interacción con “el Estado”; ya hasta te “cobran” por cruzar la calle.

Se burlan de ti. Te engañan; unos y otros. Con su infinito cinismo, el régimen se sienta en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, “libera” como graciosa concesión a algunos presos políticos y se ufana de aumentar el sueldo mínimo de $2 a $13 al mes… Al mismo tiempo, una pseudo-oposición insiste en su pretensión de buscar “diálogos” para una supuesta transición, ya trastocada en cohabitación, en la que las mafias, que saquearon la nación, siguen en el poder.

En esta dinámica, ambos sectores buscan la normalización de la situación y el apaciguamiento colectivo a punta de hambre y miedo. Necesitan sembrar la desmoralización total, para que la gente se rinda, cierre sus negocios, y huya del país.

Para esto, se han dado a la tarea de difundir una narrativa que describe a la sociedad venezolana como cansada y derrotada, que condena a la economía venezolana a una mínima expresión, lo que le permite al régimen subsistir con solo su financiamiento criminal, el cual se ha hecho “inmune” a las sanciones externas. Además, banalizan la demanda de apoyo externo asegurando que no va a “haber una invasión” ni otra acción efectiva de fuerza para lograr lo que hoy aspira más del 90% del país: que Maduro y su régimen se vayan ya y “como sea”.

La conclusión de estos agentes es simple: lo que ocurra en Venezuela va a depender de lo que decidan Trump, Castro y Putin; no hay nada más que hacer.

Si esto fuera verdad, por primera vez en nuestra historia, el futuro de Venezuela no estaría en nuestras manos, sino en la de actores externos. Y entonces recuerdo a Rómulo Betancourt en su respuesta a Fidel Castro cuando éste pretendió replicar aquí su revolución: “cuando Venezuela ha necesitado líderes, los ha parido”. Y líderes hay aquí. Miles de venezolanos en nuestra tierra y alrededor del mundo, que hemos enfrentado a este sistema durante dos décadas; sin cuyos ideales, arrojo, coraje y sacrificio, no habríamos logrado sacudir al mundo y colocar a Venezuela como un asunto geopolítico prioritario.

La única vía, entonces, es que los ciudadanos retomemos el control de nuestro destino. Que dejemos claro a quienes están ejerciendo funciones de representación y a nuestros aliados extranjeros, que el compromiso que asumimos es preciso y no negociable: primero el cese de la usurpación, que dará pie a una Transición genuina, sin mafias en el gobierno, que hará posible una verdadera elección libre y competitiva.

La ruta para lograrlo está clara. Hay que cerrar definitivamente los sumisos diálogos de Oslo-Barbados, diseñados para preservar el statu quo, y avanzar en la construcción de la amenaza real e inminente basada en la articulación de las fuerzas internas y externas. Finalmente tenemos un instrumento poderoso para esto, el TIAR. La activación de este Tratado establece el marco para el despliegue de las acciones económicas, jurídicas, policiales y militares, concertadas y necesarias, entre los países que son los verdaderos aliados, porque son los más afectados.

Por eso, desde esta perspectiva, la elección de Venezuela al Consejo de Derechos Humanos de la ONU adquiere otra lectura. Sí, es una vergüenza que ratifica el cinismo de estos organismos. Sí, es una derrota diplomática del Gobierno interino y sus aliados. Pero al mismo tiempo, es una gran oportunidad; se ha reconocido el liderazgo regional de Brasil y demostrado inequívocamente que no es en la ONU donde se debe dirimir el apoyo internacional a nuestra causa.

La salida para Venezuela sí está en la conformación de una Coalición Internacional Liberadora, pero no la que pretenden controlar y manipular los criminales en la ONU, sino la que se está gestando en este hemisferio.

Esto requiere una interlocución con el liderazgo político, económico y social que genere confianza en los verdaderos aliados externos por su coherencia, firmeza e integridad y que escuche y asuma la urgencia de una sociedad arrecha y con mucha razón.