Luis Alberto Buttó: ¡Cómo cuesta!

 

En Venezuela, para muchos, todo cuesta caro, muy caro. La cotidianidad, por ejemplo. ¿Quiénes son esos muchos? Los que no disponen de vehículo propio o en funcionamiento, verbigracia. Para ellos, el acto elemental de salir de la casa es literalmente un infierno. Pisoteados en su dignidad, los maltratos y las humillaciones a las que deben someterse en aras de encaramarse en el transporte público son indecibles y se reflejan en rostros asaz tristes o cansados que además presagian las consecuencias peligrosas del estallido de la ira acumulada en el alma. Por doquier, se les ve la ropa sudada, ajada, desgastada. Se enfrentan a empujones que van y vienen sin cesar y a la preocupación constante por llegar a tiempo a un empleo que, a fin de cuentas, no vale nada, pues lo recibido en contraprestación no cubre lo necesario. Ficción de normalidad, no más.

Son los que pagan un precio enorme para comer: el precio de comprar los alimentos gracias a la ayuda que envía el familiar que forma parte de la diáspora regada por el planeta. Precio altísimo, inconmensurable, medido en el infinito dolor que se siente al vivir sabiendo que aquellos que se ama son inalcanzables, pues no les llega el abrazo anhelado, el beso tierno, el acompañamiento indispensable en noches de soledad, enfermedad o tradición, como los cumpleaños o la navidad. Son los que repiten bendiciones que apenas logran escribirse por mensajes de texto y que nunca se completan ya que no hay forma de acariciar al pronunciarlas. Sí, mal que bien comen, pero aquello que comen va regado con las lágrimas de la separación que trajo consigo el destierro. Desolación en la subsistencia, no más.

Son los que se enfrentan al dilema salud-enfermedad. Se podrá escribir cuanto se quiera y pueda sobre este asunto, pero jamás se encontrarán palabras lo suficientemente elocuentes para describir el horror de vivir sabiendo que cualquier diagnóstico puede convertirse irremediablemente en una sentencia de muerte o de sufrimiento prolongado dictada de antemano y sin atenuantes, pues se es consciente de que no se contará con los recursos para pagar la atención médica o los medicamentos. Como en la época de la barbarie, se volvió a morir temprano y el único refugio es el rezo desesperado. Angustia del día a día, no más.

En todo esto, lo que más duele es la indiferencia y la desconsideración de los que no sufren de cara a la situación de los que padecen, tanto como asquea la complicidad, consciente o inconsciente, que otros tantos muestran con los responsables de la tragedia que experimentan millones de venezolanos. Sin ser exhaustivo, hay que puntualizar que entre los primeros destacan los que miran para otro lado y asumen que cada quien resuelva, olvidando lo irrenunciable que debe ser la solidaridad entre humanos. Quizás, lo que priva en ellos no es individualismo a ultranza sino acendrado temor de alzar la voz, aunque nunca se atrevan a reconocerlo. También resaltan los que gustan de mostrar en la galaxia de las redes los “placeres” que disfrutan, lo cuales nadie les envidia ni recrimina, pero que, al responder al desmedido e incomprensible afán de publicitarlos, no reparan en el hecho de que ofenden a quienes deben vivir con privaciones. En la caterva de los segundos, hay que contar a los que no tienen ni una íngrima palabra de indignación ante el hecho de que congéneres, luchando por la democracia, pierdan la vida o la libertad o sean maltratados físicamente, pero sí les sobran argumentos para sentar posición sobre lo intrascendente o para armar elucubraciones supuestamente de avanzada que, en lo corto y a la larga, sólo confunden a incautos manipulados esperanzados en milagros que nunca ocurrirán. Dándose o sin darse cuenta, hacen la tarea que el mal espera: desviar la atención de lo que verdaderamente nos destruye como sociedad.

Sin dudas, es cuesta arriba luchar con los perversos, pero más duro es lidiar con quienes ayudan a incrementar el desaliento por el futuro.

 

@luisbutto3