Salvador Sostres: La victoria del capitalismo

Tras la «huelga de país» del 3 de octubre de 2017, tuvo que salir el Rey a recordarnos las bases de la convivencia y de nuestro ordenamiento constitucional. Tras la jornada de ayer sólo tuvieron que salir los antidisturbios y el camión de la basura. Mis amigos independentistas se negaban a creerlo, pero siempre les dije que acabarían así. Señorita, tenga la bondad: hágame un gintónic, tráigame la cuenta y llame a la Guardia Civil.

De una huelga de la que el mundo entero estuvo pendiente, el independentismo ha pasado en dos años a una huelga masivamente ignorada dentro y fuera de casa, con la gran mayoría de comercios abiertos en una Barcelona que por fin plantó cara a los que quieren arruinarla, y a unas manifestaciones que todo el mundo sabe que no pueden conducir a nada. No fue una huelga, fue una Diada. Almorzamos en Coure, pletórico de concuerrencia y de pecorino trufado.. Y Via Veneto, Gresca, Nairod, Nobu, La Lonja, Yashima o Rías de Galicia también abrieron. Todos abrieron. El comercio fue la victoria del capitalismo sobre la barbarie.

No fue una revuelta: fue el folclore folclorizado, turba amontonada. Fue lo de siempre pero con la vergüenza de la violencia y con una asistencia muy mermada: la Guardia Urbana habló de medio millón, exageradísimo dato, pero que en cualquier caso ni llegó la mitad de las anteriores Diadas. Entre los convocantes destacaba el asesino Carles Sastre. Fundó Terra Lliure y segó la vida de José María Bultó colocándole una bomba en el pecho. Buena gente de verdad. Som gent de pau.

El independentismo celebró ayer su primer funeral, reducido ya a un problema de orden público. Sólo estuvieron pendientes de ellos los antidisturbios y las imágenes que resumieron su jornada fueron las de las capuchas y los contenedores incendiados. A nadie le importaron las marchas y hasta sus medios orgánicos se centraron en retransmitir los altercados. Puigdemont desde Waterloo -Tsunami- y Torra desde San Jaime -los CDR- han puesto la violencia en el corazón de la estrategia independentista y las cargas de la Policía fueron la esperanza de una ciudad que quiere vivir en paz y ser libre. Ayer se impuso la Barcelona decente y las sonrisas ardieron en las hogueras. Y mientras en Asturias nuestra Princesa confirmaba la dinastía, y el Destino, con su padre al lado, lleno de orgullo; los hijos de la burguesía catalana, con su cara tapada y sus piedras, certificaban la derrota no sólo del «procés» sino de una sociedad arrogante, frívola, estéril y que ha de entender qué es la libertad antes de reclamarla.


Este artículo se publicó en el diario ABC (España) el 19 de septiembre de 2019