Ellas querían escapar del hambre, pero naufragaron en el mar hacia Trinidad y Tobago

Ellas querían escapar del hambre, pero naufragaron en el mar hacia Trinidad y Tobago

Pescadores descansando en La Playita, en Güiria, Venezuela, en un muelle que a menudo se usa para zarpar hacia Trinidad. Crédito: Adriana Loureiro Fernandez para The New York Times

 

La joven de 16 años se escapó de su casa cerca del anochecer, sin decirle a su madre. Se marchó con unos hombres que le habían prometido trabajo y comida. Pero, en vez de eso, la sacaron ilegalmente de Venezuela por mar y, en secreto, planeaban obligarla a trabajar en un prostíbulo en Trinidad, reseñó nytimes.com.

Por Nicholas Casey





Yoskeili Zurita se sentó, junto a decenas de otras mujeres, en un barco pesquero que arrancó a toda velocidad. Su prima también iba en ese viaje. Sin embargo, el esquife sobrecargado comenzó a inundarse y una ola repentina hizo que se volcara.

Los gritos resonaban en el agua. Las mujeres gritaban los nombres de sus hijos, a quienes habían dejado en Venezuela. En la penumbra, alguien rezaba.

“Mi prima no sabía nadar. Me miró y me dijo: ‘No puedo hacerlo’”, recordó Yoskeili, quien pasó dos días aferrándose a la cubierta del bote en el estrecho entre Trinidad y Venezuela antes de que un grupo de pescadores la encontrara. Jamás volvió a ver a su prima.

La embarcación se hundió con 38 pasajeros a fines de abril; la mayoría eran mujeres. Solo nueve personas sobrevivieron, entre ellas Yoskeili y otras mujeres que las autoridades dicen que fueron víctimas de una red de tráfico de personas.

Aunque los venezolanos se han acostumbrado a las devastaciones de un Estado fallido y han tenido que sobrevivir a la hambruna, la hiperinflación y la delincuencia desenfrenada, esta tragedia impactó a la opinión pública. Para millones de personas, sobrevivir implica marcharse, sin importar el riesgo.

Solamente en los últimos cuatro años, cerca de cuatro millones de personas han salido del país, según los cálculos de las Naciones Unidas. Se van a pie, cruzando senderos peligrosos en las montañas de los Andes. Venden su cabello en las plazas de los pueblos fronterizos; se amontonan en carpas para refugiados en Brasil y Colombia.

Y también se van en barcos destartalados con poco combustible y en malas condiciones, que a veces se pierden en el mar.

Mientras las mujeres en la embarcación de Yoskeili luchaban por sobrevivir, su Estado no respondió a la emergencia. Al día siguiente del naufragio, el gobierno, debilitado por la corrupción, la mala administración y las sanciones estadounidenses a su industria petrolera, les dijo a los familiares que ni siquiera tenía suficiente combustible para realizar una operación de rescate. Un helicóptero gubernamental llegó con cuatro días de retraso para unirse a la búsqueda que se había delegado principalmente a los pescadores locales.

Asimismo, es probable que la Guardia Nacional Bolivariana haya estado involucrada en las muertes: los fiscales venezolanos han acusado a dos soldados de haber participado en un grupo delictivo que trató de introducir a las mujeres de manera ilegal en Trinidad.

En mayo, mientras el país asimilaba el desastre, la tragedia se repitió: otro barco de contrabando se hundió en las olas con 33 pasajeros a bordo, entre ellos al menos tres menores de edad. Solo sobrevivió el capitán y desapareció antes de que la policía pudiera interrogarlo.

“¿Cómo pudieron permitir que esto sucediera otra vez?”, preguntó Salvador Díaz, cuya hija estaba con Yoskeili en el bote que naufragó rumbo a Trinidad.

Ahora, Yoskeili pasa los días sola en su habitación y a veces se pregunta por qué sobrevivió cuando tantas otras mujeres se ahogaron en el mar. Una de ellas, Carmen Lares, una madre soltera, primero perdió su trabajo este año, después perdió a su bebé de tres meses por desnutrición a principios de abril, pues la comida empezó a escasear. Finalmente, ella también murió.

Yoskeili revive esa noche una y otra vez: recuerda el golpe de las olas contra la cubierta, las mujeres que no podían nadar y se quitaban la ropa con la desesperada idea de que eso les ayudaría a mantenerse a flote, y las promesas de los hombres que las llevaban a Trinidad.

“Dijeron que cuando llegáramos allá, habría mucha comida”, comentó.

El sol se pone en La Playita, en Güiria, Venezuela. Crédito: Adriana Loureiro Fernandez para The New York Times

 

‘Secuestrada’ en una embarcación maldita

Díaz vio cómo su familia desaparecía poco a poco. Primero, su hijo menor, un ingeniero petrolero, cruzó la peligrosa zona fronteriza controlada por grupos delictivos para mudarse a Brasil. De pronto, su hija de 22 años, Oriana Díaz, empezó a hablar sobre irse ilegalmente a Trinidad.

Jamás imaginó que algo así sucedería. Hasta hace poco, había disfrutado de una vida de clase media como profesor de un liceo público. Su otro hijo era contador. La familia solía pasar las vacaciones en el Caribe, no pensaba en buscar refugio en ese destino.

No obstante, la comida escaseaba. La producción nacional se había derrumbado y los pocos alimentos importados eran imposible de comprar desde que la hiperinflación acabó con su salario. Su hija era madre soltera con dos hijos que alimentar, uno de cinco meses y el otro de dos años de edad.

“Les dejaba la comida a mi esposa y a mi hija, y yo me iba a dormir con el estómago vacío”, relató Díaz. “Esto es lo que está pasando en Venezuela, los padres dejamos de comer para que nuestros hijos y nuestros nietos puedan hacerlo”.

Así que cuando Oriana dijo que se marchaba a Trinidad para enviarle dinero a su familia, su padre sintió que no podía oponerse. “Me llevé a su hijo de 2 años al campo de futbol que está al lado de nuestra casa para que no viera que su madre se iba”, dijo Díaz.

En otra parte de la ciudad, Héctor Torres, quien había caído en la pobreza tras perder su trabajo en una fábrica de refrescos, estaba ocupado reclutando a chicas adolescentes para su operación de tráfico de mujeres hacia la isla.

Torres trataba de ocultar el verdadero propósito de la travesía, por lo que le pidió a su hermana, Eloaiza, que llevara a las mujeres y las chicas a su casa hasta que zarpara el barco. “Son unas amigas que se van a Trinidad”, recuerda Eloaiza que le dijeron. Mencionó que había dos menores de edad en el grupo.

Yoskeili dijo que un contrabandista llamado Nano se acercó a hablar con ella, mientras estaba sentada en la entrada de su casa con dos primos. Le dio muy poco tiempo para decidir, pues el bote se iba la noche siguiente y Nano —que después fue identificado por los fiscales venezolanos como Dayson Alexander Alleyne, un joven de 28 años que ha sido arrestado por tráfico de personas— le prometió que habría mucha comida al final del viaje.

Yoskeili no le dijo a su madre, por miedo a que la detuviera, solo le confesó a su abuela que planeaba irse.

A las siete de la noche, Nano llegó en un auto, metió a Yoskeili a empujones y se dirigió a toda velocidad a un hotel donde la metió en una habitación con otras chicas, según narró Yoskeili. “Nos habían secuestrado”, comentó. “No querían que nadie nos viera”.

La noche cayó sobre el pueblo venezolano de Güiria donde, al borde de un muelle, un barquero preparaba el esquife para el viaje. El miedo de Yoskeili se intensificó cuando les preguntó a las otras mujeres qué tipo de trabajo iban a hacer en la isla. “Todas las chicas en el bote dijeron que íbamos a ser prostitutas”, recuerda.

Otras jóvenes estaban igual de sorprendidas. Yubreilis Merchán, una estilista, creía que la llevarían a ver a su madre en Trinidad. Sin embargo, seguían trayendo mujeres y chicas.

“Éramos demasiadas. Decíamos: ‘Está entrando agua al bote’, y el barquero solo decía que era normal”, recordó, y agregó que en un inicio las mujeres intentaron retirarse cuando vieron que las estaban amontonando.

Abarrotado con 38 personas, motores pesados, valijas y mercancía de contrabando, el bote —llamado el Jhonnailys José— finalmente zarpó mientras se ponía el sol, el 23 de abril. La noche estaba despejada en Venezuela. Estaba programado que la luna menguante saliera a partir de las 22:30, lo que ayudaría a alumbrar la ruta de casi 73 kilómetros para el barquero.

Sin embargo, el oleaje se estaba agitando. Algunas olas rompieron contra la cubierta y el bote se empapó con los golpes de las olas enormes. Luego el motor dejó de funcionar.

Sin la potencia del motor, las olas movían al Jhonnailys José de un lado a otro, haciéndolo quedar en posición perpendicular a las olas. Una de ellas envolvió la nave y reventó en su interior. El barquero por fin logró encender un motor de respaldo y la embarcación se tambaleó.

“Empezamos a gritar: ‘¡Nos vamos a hundir!’”, recordó Merchán. Aterradas, las pasajeras lo obligaron a cambiar el rumbo para volver a Venezuela con el motor de reserva mientras el agua seguía inundando el bote. Las mujeres arrojaron las valijas al mar y sacaban el agua de la embarcación con sus zapatos.

Era demasiado tarde. El agua había sumergido la embarcación. Se hundió entre las olas antes de volcarse. “Pensé en mis hijas: tengo tres niñas, una de 5 años, otra de 3 y una más que cumplió siete meses el día que me fui”, explicó Merchán. “Estábamos en un estado de desesperación total”.

Intentó aferrarse a un envase de gasolina, pero el combustible que derramaba le quemó la cara. Uno de los contrabandistas les daba órdenes a gritos mientras algunas de las mujeres que no sabían nadar se trepaban sobre las que sí sabían, en un intento frenético para respirar, describió Merchán.

En medio del pandemonio, vio a una mujer que trataba de escapar del resto. “Le pregunté: ‘¿A dónde vas?’”, dijo. La mujer le señaló un afloramiento rocoso en los estrechos. Llevadas por la corriente, las dos mujeres se separaron del bote volcado, tomadas de la mano bajo el agua para no separarse mientras las voces de las otras pasajeras se atenuaban a lo lejos. Luego de un largo rato, escucharon el sonido del oleaje contra las rocas de la isla de Patos.

Merchán nadó hasta la orilla, exhausta. De pronto recordó a su amiga Yocelys Rojas, a quien había dejado en el bote. Antes de partir esa noche, su amiga estaba ansiosa por contarle una noticia sobre su familia en Venezuela. Pero el ruido del motor había acallado su voz, y Rojas prefirió guardarse la historia para después de que llegaran. “Ella desapareció, nunca sabré lo que iba a contarme”, dijo Merchán.

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Traducción libre de lapatilla.com