“Orden, Seguridad y Defensa: Cómo Ganar la Paz Después de la Caída de Maduro”, por Roberto Smith

“Orden, Seguridad y Defensa: Cómo Ganar la Paz Después de la Caída de Maduro”, por Roberto Smith

 

Hoy en día, cuando no se sabe a ciencia cierta cómo, cuándo y de qué manera caerá Maduro y su perverso régimen, o si ello ocurrirá del todo, los venezolanos tendemos a idearnos una visión casi idílica del futuro del país sin el chavismo.





Tendemos a pensar que todo se arreglará en paz y civismo, que casi mágicamente desaparecerán los decenas de miles de miembros de “colectivos”, “pranatos”, guerrillas, narcotraficantes y grupos terroristas que hoy existen bajo la protección del régimen socialista; que el chavismo no intentará reconquistar el poder por la vía insurreccional violenta o por la generación de un caos creciente en la sociedad con el fin de crear una poderosa contrainsurgencia; y que las instituciones armadas, militares y policiales que le dan piso hoy al chavismo se adaptarán tranquila y disciplinadamente al nuevo régimen, y por lo tanto funcionarán como agentes positivos para la preservación del orden y la paz en el post-chavismo.

Tendemos a pensar que lo que hoy es una “nación fallida” – donde prácticamente todas las instituciones dejaron de funcionar y donde se impuso el caos y el desorden – pasará a ser una nación normal y estable por el solo hecho de un cambio en la cabeza del poder.

Muchos piensan además que simplemente volviendo a los modelos de convivencia democrática que fueron exitosos en el pasado, la nación podrá disponerse a resolver sus problemas económicos y políticos con tranquilidad.

No será así.

No será así a menos que se planifique disciplinadamente en todos sus componentes y con todos sus complejos detalles, el restablecimiento de un ambiente de orden, seguridad y defensa en todo el territorio nacional como parte esencial – quizás la más importante – del proceso de reconstrucción del país.

Reconstruir o empezar desde cero

En la planificación de la reconstrucción nacional, una de las cuestiones fundamentales que se deben plantear las autoridades que se queden con el control político luego de la salida del régimen chavista, será determinar si la reconstrucción deberá hacerse por vía de una asimilación o readaptación de las instituciones existentes durante el chavismo, o por la vía del desmantelamiento de los aparatos existentes y la construcción de unos totalmente nuevos.

Esta pregunta es extremadamente relevante. Veinte años de la revolución chavista acumulan importantes secuelas y carencias, imposibles de ignorar: una crisis humanitaria por escasez crítica de alimentos y medicinas para grandes sectores de la población, el colapso casi total del sistema productivo y de comercio nacional, la destrucción masiva y profunda de instituciones públicas en todos los sectores, el deterioro marcado de la infraestructura y los servicios, y el colapso de la seguridad y el orden del país, por nombrar las más evidentes.

Además, estas secuelas serán complementadas en el campo de la seguridad por la presencia de grupos armados en amplios territorios rurales y urbanos desarrollando diversos negocios ilegales y actividades de terrorismo, como son los colectivos y pranatos, las guerrillas de origen colombiano y local, los contingentes foráneos de origen iraní, ruso y cubano, todo ello sumado a la fortaleza indudable que mantendrán las fuerzas militantes chavistas, listas para ser activadas para retomar el poder y financiadas desde adentro y desde afuera con recursos robados a la nación.

A eso hay que sumar un elemento que genera un problema aún mayor para la seguridad: las mismas fuerzas armadas militares, paramilitares, policiales y parapoliciales, de represión, inteligencia y acción bélica contra la población civil, que han sido parte consustancial del chavismo y le han dado sostén ante el colapso de su arraigo popular, permanecerán en el país; los mismos jueces y fiscales, agentes de investigación y carceleros que violaron continuamente el ordenamiento legal para operar en función de la instauración del modelo de represión chavista, permanecerán en el país; el mismo funcionariado en todos los niveles del Estado, que durante dos décadas colaboró abiertamente con el sostenimiento institucional del chavismo en ministerios y otras organizaciones del Estado, permanecerá en el país.

Por todo ello, una vez sacado el chavismo del poder nacional, es difícil predecir que Venezuela retornará inmediata y naturalmente a un entorno de seguridad, orden y tranquilidad pública.

Todo lo contrario.

El país se encontrará en condiciones similares a las de una posguerra donde no hay un Estado fuerte, donde no bastará con haber derrotado y detenido a las cabezas del enemigo por cualquier medio que se aplique: la vía armada, insurreccional o por el abandono del poder, o incluso por una negociación política, porque las mismas fuerzas y condiciones que creaban el caos y del desorden no serán eliminadas por arte de magia, sino que permanecerán en el país, listas para contraatacar.

En consecuencia, se requerirá de un importantísimo e inédito esfuerzo institucional, gerencial y de liderazgo de las autoridades que se queden con el poder, sobre todo en el campo militar y policial, para conquistar un nuevo objetivo difícil y evasivo en la Venezuela del post-chavismo: reconstruir la nación bajo un escenario estable de seguridad y tranquilidad, que no surgirá naturalmente.

Por ello, más que ganar la Libertad, el mayor reto que tiene Venezuela en su futuro será ganar la Libertad con Seguridad, Orden y Paz.

Todo lo dicho hasta ahora se mantiene independientemente de la vía de salida del régimen. Si la salida ocurre por la vía de una fuerza exógena, por acciones militares nacionales o extranjeras – o una combinación de ambas – seguramente las instituciones del país quedarán en aún peores condiciones como consecuencia de la intervención, aunque en ese escenario, la expulsión o detención del régimen creará un momento de victoria de las fuerzas de la libertad que abrirá posibilidades nuevas de reconstrucción. Si la salida es por alguna vía negociada, se evitará la destrucción que ocurre en situaciones bélicas, pero la continuidad de las instituciones chavistas en el campo de la seguridad – especialmente en las fuerzas armadas – creará serios problemas para el retorno a la estabilidad debido a su fuerte compromiso con actividades ilegales y su proximidad al crimen internacional.

Estas cuestiones sobre si reconstruir sobre lo viejo o si empezar de cero, deberán ser resueltas para cada sector de la nación, y para la nación en su totalidad.

En el campo económico, si el sistema económico que se va a implantar es una economía de mercado, como debería ser luego del rotundo fracaso del modelo socialista, para crear un sistema productivo y de comercio sano y libre, entonces habrá que desmantelar las instituciones creadas por el chavismo para controlar la economía privada y para manejar el molino sector de empresas en manos del Estado. Si se van a privatizar las empresas del Estado que fueron tomadas por el chavismo, otro paso lógico de cualquier transición de un modelo socialista a un sistema económico de libertades, entonces no hará falta contar con burocracias para el manejo de dichas empresas una vez que pasen de nuevo a manos privadas.

Por tanto el desmantelamiento del socialismo en lo económico requerirá más bien eliminar o derogar instituciones y normas del socialismo, en vez de reconstruir instituciones que sólo sirven al modelo socialista.

¿Cuáles fuerzas armadas, policiales y de justicia para reconstruir la Libertad?

Pero donde la pregunta adquiere una relevancia particularmente esencial es en torno a las fuerzas armadas y policiales y en las instituciones de justicia, pilares básicos de la necesaria estabilidad para poder reconstruir la nación.

Obviamente las fuerzas armadas, las fuerzas policiales y el sistema de justicia venezolano han sido severamente dañados por el chavismo a tal punto que son hoy el único sostén de mantenimiento del régimen opresivo, y lo serán hasta el día de su fin.

Frente a esa realidad surgen las preguntas fundamentales: ¿Con cuáles fuerzas armadas militares y policiales se contarán para la reconstrucción de la libertad? ¿Serán las mismas fuerzas armadas que le dieron sostén al chavismo o habrá que construir – o importar – otras nuevas? ¿Cómo deberá manejarse la transición de una fuerza armada politizada, represiva, corrompida y divorciada de los nuevos fines nacionales que emergerán de la liberación del país? ¿Será posible eliminar completamente algunas instituciones militares y policiales sin crear un vacío de seguridad que ponga en riesgo la libertad obtenida? ¿Cuáles fuerzas armadas en particular son rescatables y podrán ofrecer un servicio eficaz inmediato para la preservación del orden y la estabilidad, y cuáles deberán ser eliminadas o derogadas porque causarán más daños que beneficios? ¿Con qué personas, métodos y sistemas se debe contar para hacer las transformaciones necesarias en medio de un ambiente de incertidumbre de probable caos? ¿Cuál debe ser el nivel de prioridad de éstas políticas en la asignación de los recursos públicos?

De las respuestas dependerá – mas que de cualquier otro factor – el éxito de la reconstrucción de Venezuela como una nación libre, próspera y en paz.

De no haber un entendimiento serio y responsable de las consecuencias de no contestar estas preguntas fundamentales de manera correcta, responsable y sensata, en torno a cómo tratar a los sectores responsables de la seguridad en el post-chavismo, es posible, como ha ocurrido en muchas ocasiones, que se pueda “ganar la guerra”, es decir, salir del régimen tiránico de Maduro, pero que a los días posteriores a las celebraciones de la libertad, comience una nueva etapa de inestabilidad, desorden, caos y aún de guerra civil prolongada, que darían al traste con el logro de la liberación y haría imposible la reconstrucción nacional.

No hay fórmulas precocinadas para contestar la pregunta de si se debe reconstruir desde cero o reformar desde adentro las instituciones heredadas del chavismo, especialmente las instituciones armadas de seguridad y las instituciones de justicia.

Los casos de éxito

En Alemania, luego de su rendición incondicional ante las fuerzas aliadas dirigidas por los Estados Unidos, el Estado fue totalmente desmantelado y construido desde cero de abajo hacia arriba una vez que los aliados tomaron el control. Todas las instituciones del gobierno fueron abolidas (incluyendo la constitución y la propia noción de una Alemania, que fue dividida en dos países distintos bajo regímenes separados) y luego recreadas desde cero, en un proceso que tomó unos 4 años bajo la protección severa de 350.000 soldados aliados. Las fuerzas armadas fueron desmanteladas, los ministerios de la economía eliminados, se establecieron tribunales especiales como el de Nuremberg y otros que procesaron a mas de 800.000 oficiales y colaboradores nazis.

En Japón, por el contrario, aunque la accion bélica fue de grandes proporciones destruyendo dos ciudades en su totalidad, una vez que los norteamericanos tomaron el control, los ocupantes extranjeros dirigidos por MacArthur tomaron el control del Estado, las instituciones fueron preservadas y posteriormente fueron reformadas desde su interior.

Ambos modelos resultaron en reconstrucciones nacionales exitosas. Períodos de absoluto orden y control sostenidos por ejércitos de ocupación durante períodos de varios años, permitieron que ambas naciones iniciaran una etapa de prosperidad y reconstrucción institucional notable. En ambos casos, se puede afirmar que los procesos de reconstrucción nacionales fueron exitosos y hoy, después de 65 años, ambas naciones participan pacíficamente del concierto global y han reencontrado su camino al progreso y la paz de forma impresionante.

¿Quiénes fallaron y por qué?

Pero también hay fracasos importantes de los que tomar lecciones, especialmente en tiempos recientes.

Los Estados Unidos invadieron Afganistán en 2001 como reacción inmediata a los ataques de Al Qaeda en Nueva York buscando evitar que Afganistán continuara siendo una guarida para terroristas internacionales. En consecuencia, las autoridades de los Estados Unidos eligieron trabajar durante la corta guerra (que duró solo unas pocas semanas) con los caudillos regionales afganos para derrotar militarmente a los talibanes, perseguir a Al Qaeda (infructuosamente, porque su líder Bin Laden logró escapar a Paquistán), e instalar un régimen de transición formado por caudillos regionales y líderes del exilio afgano. Una vez ganada la guerra, los Estados Unidos asumieron responsabilidades muy limitadas para el mantenimiento de la paz y la reconstrucción de Afganistán. Dejó eso en manos de los locales. La consecuencia de esto fue que en unos pocos años los talibanes se reorganizaron, tomaron control de ciertas regiones, y al día de hoy, luego de casi dos décadas de aquella victoria militar, Afganistán no ha podido encontrar su camino a la paz.

En Irak la masiva invasión por parte de los Estados Unidos en 2003 respondió a un plan para convertir a ese país en un modelo regional. La invasión fue concebida como un primer paso para la transformación democrática del Medio Oriente. En lugar de trabajar con agentes locales para formar un gobierno nacional sucesor del régimen de Saddam Hussein, Washington optó por una ocupación formal bajo una Autoridad Provisional norteamericana con la intención de introducir reformas políticas y económicas antes de restablecer la soberanía iraquí. Sin embargo, la planificación de los Estados Unidos en Iraq asumió que la fuerza de ocupación que supervisaría ese gigantesco experimento en ingeniería social podría ser mucho más pequeña que la fuerza de invasión inicial diseñada para derrocar a Saddam y apoderarse del país. Eso fue claramente insuficiente.

Adicionalmente, la Autoridad Provisional, tomó dos medidas paralelas al comienzo de su gestión: el desmantelamiento total de las fuerzas armadas y la prohibición de participar en funciones publicas para prácticamente todos los miembros del partido de Saddam, el Ba’ath. El resultado fue catastrófico: con limitada presencia militar extranjera y eliminadas las fuerzas armadas nacionales, en menos de dos años comenzaron enfrentamientos armados dirigidos por grupos reagrupados que habían sido originalmente parte de las fuerzas armadas, y hasta hoy Iraq ha sufrido tres guerras civiles.

Estas lecciones permiten concluir que la manera como se enfrenten las complejas situaciones del “día después” de la salida del régimen chavista, tanto en las áreas militares como en las no militares, será determinante para lograr la meta de que Venezuela salga de esta etapa de atraso y represión e ingrese firmemente en una nueva era de libertad, prosperidad y paz.

En mi opinión, la cuestión militar y la organización de fuerzas de seguridad que permitan estabilizar rápida y eficazmente al país, es central para el éxito de cualquier proceso de reconstrucción a partir de la salida del régimen socialista de Maduro.

El Orden y la Seguridad deben ser la primera prioridad

Una vez que se logre la salida del tirano, quedará un vacío en muchas áreas, pero sobre todo en la seguridad.

Eso no es nuevo ni es difícil de predecir. Al irse las cabezas del Estado chavista se irán con ellos los más altos jefes de las fuerzas armadas y las cabezas de los ministerios, y quedarán jefes medios, activistas y grupos armados regulares e irregulares dispuestos a actuar para defender su poder, recuperar los privilegios perdidos y aprovechar el caos reinante en su propio beneficio.

Todo esto ocurrirá en medio de graves problemas humanitarios, instituciones civiles incapacitadas o con inadecuada capacidad para ejercer funciones de gobierno y con la actividad económica colapsada.

Por ello, imponer el orden, establecer rápidamente sistemas de seguridad y defensa nacional y controlar los focos desestabilizadores que permanezcan en el territorio deberán ser objetivos vitales del gobierno que surja del post-chavismo.

Para ello hay que asignar correctamente las prioridades.

En cualquier sociedad que sale de un conflicto o de un régimen tiránico, la seguridad, el crecimiento económico y la reforma política e institucional son pilares interdependientes que deben sostener a la nación al emerger de la crisis.

Pero el pilar de la seguridad está a un nivel superior en importancia. Es imposible imaginarse una Venezuela post-dictadura totalmente en paz, esperando plácidamente que las autoridades de la transición política hagan su trabajo de estabilizar al país en normalidad. Por un tiempo seguirá el hambre y la falta de medicinas, el caos de las instituciones, los forcejeos al interior de las fuerzas armadas entre los viejos y los nuevos factores del poder, y la tremendamente fuerte disposición de los sectores que fueron desplazados del poder para reagruparse y tratar de retomarlo.

En ese ambiente será difícil que las políticas económicas o las referentes a la ayuda humanitaria durante el post-chavismo puedan ser exitosos si no se consigue rápidamente un mínimo de seguridad y orden que permitan que los otros dos pilares tengan sostén.

Por ejemplo, la ayuda humanitaria en diversas áreas debería normalmente ser la primera prioridad de la nación. Sin embargo, el alivio de la crisis de hambre, de falta de medicinas y de atención hospitalaria se hará imposible en medio del caos y la inseguridad. La comida y las medicinas serán robadas y revendidas en los mercados negros, la corrupción invadirá la provisión de servicios de salud. Por ello, todo plan de asistencia humanitaria directa tiene que estar acompañado de medidas para que se ejecuten dentro de un ambiente de orden y seguridad, permitiendo que pueda ejecutarse en la práctica.

Más en general, es imposible que se plantee como objetivo nacional lograr una inmediata prosperidad si no se ha resuelto el problema del orden y la seguridad. Es correcto que la prosperidad y la seguridad en una sociedad están vinculadas, pero la relación no es exactamente equilibrada. La seguridad y el orden son una condición previa para el crecimiento económico a corto, mediano, y largo plazo.

Una vez establecido un mínimo de seguridad, los resultados económicos comienzan a darse. La economía venezolana se ha contraído a tal punto que la caída de más de la mitad del producto nacional es aún mas profunda que la de Alemania durante la segunda guerra mundial. Por lo tanto, si hay orden y seguridad en la calles, si se respeta la propiedad privada y el libre flujo de bienes y servicios, se experimentará un crecimiento positivo incluso si no se recibieran fondos de asistencia económica, con políticas sencillas y claras de liberalización económica y la eliminación inmediata de los controles socialistas. Una vez que caiga Maduro los productores y comerciantes gradualmente irán retomando sus trabajos y progresivamente recuperando sus empresas.

Sin embargo, lo que sí es seguro es que en ausencia de seguridad la recuperación económica será muy difícil o imposible. Los agentes económicos esperarán a reine la tranquilidad para reiniciar sus actividades y esto puede ser fatal para la recuperación nacional.

Por lo tanto la prioridad inicial para cualquier proyecto de reconstrucción nacional deberá ser, la de establecer un ambiente seguro, de orden y estabilidad, en el que las personas, los bienes y los servicios puedan comenzar a circular con libertad, y las instituciones puedan reformarse para operar en un nuevo sistema de libertades económicas y políticas.

Dadas unas mínimas condiciones de estabilidad y seguridad, la actividad económica se reanudará, y se elevará aún más rápido si la seguridad está acompañada por una política económica sólida de apertura a los mercados y eliminación de las trabas heredadas del socialismo. He allí la importancia de políticas que dramáticamente establezcan nuevas reglas de mercado claras y transparentes como la liberalización comercial, la eliminación de trabas al sector privado y la dolarización o la liberalización monetaria.

Por lo tanto se pueden tener buenas políticas públicas en lo económico y lo social, pero en ausencia de orden y seguridad, esas políticas no producirán ni paz ni crecimiento económico.

Aquí es importante considerar la experiencia de las naciones del bloque soviético donde el socialismo colapsó a partir de 1989. Aquellas naciones que abrazaron a la libertad económica y la reforma política para reducir la influencia del estatismo, lograron salir mas rápido y con mas firmeza a mediano plazo, mientras que aquellas naciones que fueron tímidas en la liberalización económica y las reformas políticas no lograron metas de crecimiento económico o mejoramiento institucional a un cuarto de siglo de la caída del comunismo.

La consecuencia de todo ello es simple: la asignación de liderazgo, tiempo y recursos del nuevo régimen deben dar la máxima prioridad al logro del orden y la seguridad, incluso por encima de aspectos que parecen esenciales pero que son realmente subalternos. Por ejemplo, en vez de poner un énfasis exclusivo en reconstruir la infraestructura física, más allá de la recuperación de servicios esenciales, es vital enfocarse en la reconstrucción de la capacidad de la sociedad para mantener el orden y la tranquilidad en las calles. De hecho, la reconstrucción de la infraestructura de servicios como agua, gas, telecomunicaciones y electricidad puede, si hay orden y seguridad, quedar en manos de inversionistas privados que no usarán recursos públicos.

Sólo una nación en paz puede entonces dedicarse a recuperar su gobernanza, reanudar los servicios públicos y restaurar su administración pública. Sólo una nación en paz puede lograr la estabilización económica, con un marco normativo para que el comercio nacional e internacional pueda reanudarse. Sólo una nación en paz puede construir un sistema político funcional, con partidos políticos, prensa libre, organizaciones de la sociedad civil, y eventualmente un marco legal y constitucional para realizar elecciones. Sólo una nación con orden y seguridad puede reiniciar su crecimiento económico, la reducción de la pobreza y mejoras en su infraestructura.

Esbozos de la reconstrucción de las fuerzas de seguridad y justicia

Si la prioridad principal debe ser el orden y la seguridad ¿cómo lograrlo?

Lo primero es actuar rápido. Bien sea por la vía de un golpe de estado o por un derrocamiento popular, las operaciones de reconstrucción de la nación, deben hacerse rápidamente para llenar el vacío de seguridad que quedará cuando las nuevas fuerzas hayan derrotado o dominado a las fuerzas que sostenían el régimen chavista.

Segundo, es necesario tener planificado el modelo de acción. Se debe obtener información sobre posibles amenazas a la seguridad, la estructura de las fuerzas de seguridad existentes y las condiciones sociopolíticas internas que podrán afectar las operaciones militares de estabilización. Las preguntas clave incluyen lo siguiente: ¿Cuántas fuerzas militares y otras fuerzas de seguridad serán necesarias para establecer la ley y el orden? ¿Cuántos de ellos deberán ser fuerzas internacionales y cuántos locales?

En tercer lugar, es esencial ofrecer un modelo de seguridad pública para lograr la cooperación de la población. Solo cuando los venezolanos se sientan seguros en las calles y en sus casas, probablemente colaborarán con las nuevas autoridades. Las fuerzas militares y policiales del nuevo régimen deberán ser capaces de anticipar las acciones de elementos criminales y extremistas para dominarlos eficazmente. Es vital implementar medidas políticas y militares para disuadir o evitar que estos elementos criminales y extremistas se conviertan eventualmente en focos de resistencia organizada y violenta, o incluso en campañas abiertas de contrainsurgencia.

Cuarto, es esencial ejecutar un plan de desarme, desmovilización y reintegración de los ex-miembros de las fuerzas armadas que deberán ser desmanteladas. Ello aplica especialmente a las milicias chavistas que seguramente no tendrán poder de plantear una contrainsurgencia, pero que resistirán el desarme y la desmovilización.

Quinto, en Venezuela será esencial establecer un marco para la cooperación militar internacional, tanto en la organización rápida de sistemas de inteligencia y supervisión de las fuerzas armadas, como en la reconstrucción de los sistema de formación, profesionalización, capacitación y desarrollo de la carrera dentro de las fuerzas militares y policiales.

Sexto, será necesario involucrar a población civil en el logro del orden y la seguridad. La política comunicacional debe ser clara y transparente haciéndole entender a la población que se pasa por un período especial necesario para poder reconquistar las libertades, pero que tal período requiere una fuerte colaboración civil con las fuerzas del orden y la seguridad. Hay que persuadir a los venezolanos que es un imposible pasar de ser una “nación fallida” a ser una nación normal sin hacer sacrificios. Adicionalmente será necesario liberar el porte de armas para sumar a más ciudadanos cualificados en la defensa de la propiedad, la vida y los bienes.

Finalmente, a partir del día de la caída del régimen saliente debe comenzar de manera inmediata la reconstrucción de todas las instituciones de seguridad, orden y defensa nacional. Las fuerzas militares y policiales venezolanas tendrán que ser reconstruidas, en algunos casos desde cero, en otros a partir de los restos impolutos de las fuerzas existentes. Para ello será esencial la cooperación internacional, pero lo más importante será que los conductores de esos procesos sean venezolanos de absoluta reputación, honorabilidad y competencia profesional.

Comenzamos diciendo que muchas personas en Venezuela se plantean un escenario prácticamente idílico sobre el futuro de nuestro país una vez que se vaya Maduro, y que eso no ocurrirá naturalmente así, sino que hay que cambiar la realidad. Una Venezuela en paz recuperándose aceleradamente de veinte años de destrucción chavista será posible sólo si se toman las medidas correctas, oportunamente y con convicción, para establecer un modelo ampliamente aceptado, y férreamente ejecutado, de orden y seguridad. En esa visión idílica, algunos venezolanos sueñan con un país “como Panamá o Costa Rica, sin fuerzas armadas”, algo que es inaplicable dada la naturaleza, dimensión y complejidad de nuestros problemas futuros de seguridad y defensa nacional. Lo que sí es posible es plantearse la construcción de unas fuerzas armadas y policiales eficientes, honestas, técnicamente competentes, apolíticas, con alta moral y reputación popular, que coadyuven a crear un ambiente de orden y seguridad que sirva de plataforma para construir una nación de primera en lo económico, lo social y lo cultural.


Roberto Smith es emprendedor y gerente. Matemático, USB; PhD, Public Policy, Harvard. Fue Ministro de Transporte y Comunicaciones y Embajador ante la Unión Europea. Ha fundado y dirigido varias empresas en Venezuela y el exterior. Está dedicado a todo lo que ayude a construir una Venezuela de primera.