¡Que molleja! Las insólitas historias de los taxistas maracuchos

¡Que molleja! Las insólitas historias de los taxistas maracuchos

taxi

Dentro de ese vehículo particular, al que llamamos o extendemos la mano para solicitar su servicio privado, hay mucho más que un asiento, un volante y un tabulador. Está ese personaje especial al que habitualmente nos limitamos a decirle chofer. Reseñó Panorama

Algunos son callados, otros no paran de hablar, está el “carero” y el que cobra por caridad, quizá uno que aconseja y nunca falta el que atemoriza hasta el final del viaje. A pesar de sus diferencias, todos comparten un repertorio de sorprendentes anécdotas que ni siquiera Ricardo Arjona en su “Historia de taxi” podría contar.





“Ser taxista es un oficio solitario y para valientes, nos desgastamos día y noche entre cuatro puertas que a diario pueden abrir hasta 20 personas que no conocemos”, se sincera el conductor de una reconocida línea en Maracaibo, al que por cuidar su integridad solo se le llamará Alfredo.

El insólito caso de Alfredo

“Podría pasar dos días enteros contando”, comenta dejando escapar una sarcástica sonrisa. “Pero recuerdo que hace ocho años aproximadamente me reporté para un servicio cerca de las 12:00 de la noche en un edificio, era una chica joven, muy linda ella, se sentó en el puesto delantero y al preguntar para dónde iba me contestó: para donde tú quieras mi amor”. Alfredo hace una pausa de segundos para recordar en detalle. “Cómprame una cerveza que yo te brindo otra, ¿tú fumas?, me preguntaba para romper el hielo, fue imposible negarse ante una muchacha tan bella (…) No fumo, pero te acepto el trago y yo pongo los cigarros. Estaba muy despechada, su novio la había abandonado por otra mujer. Estuvimos tomando y conversando toda la madrugada mientras dábamos vueltas, nos reímos mucho y cerca de las 5:00 de la mañana me dijo: tranquilo que no perdiste tu noche, quiero hacer el amor. En menos de un minuto estábamos en el asiento trasero”.

Sintiéndose orgulloso de su hazaña, Alfredo confesó que cinco años después, con otro vehículo, dio entrada a una mujer. “Venía con un hombre y una niña que me llamó la atención por llevar el color de mis ojos, verdes claro. Al llegar al destino, en una casa, el señor me indica que espere un momento para entrar a buscar el dinero y completar la tarifa. La mujer se quedó dentro del carro y rápidamente antes de bajarse me dice: el tiempo ya no nos deja ni reconocernos. Por poco me bajo pero mantuve la curiosidad en calma a pesar de que me puse nervioso y arranqué, era ella con mi hija”.

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