Orlando Viera-Blanco: Yo también tengo miedo…

Deseo conferirle mérito al ensayo de Luis Vicente León, Tengo Miedo (El Universal 25A-13). Sin pretender descontextualizar, quiero tomar algunos tips de este manifiesto (más afectivo que analítico) para tratar de ir un poco más allá.

Uno de los trabajos más polémicos que he escrito –en casi dos décadas como columnista de El Universal– fue titulado: ¡Nos acostumbramos a vivir así! (19E-2006). Dicho ensayo abordó una doble experiencia: Un cine-foro (Montreal-2005) sobre el film Secuestro express, y el desplome del viaducto de La Guaira, que nos condujo transitar por más de un año la inefable trocha. Con secuestro express, sociólogos, politólogos, antropólogos y foristas, no comprendían cómo podíamos convivir con tanta violencia… Y con el desplomado viaducto, quise resaltar cómo los venezolanos generamos procesos de indefensión aprendida o “pactos inaceptables”, sobre eventos, trastornos, agresiones y despojos, que pocas pueblos en el mundo (ni los más depauperados) soportan… Al tiempo no se me ocurrió otra idea que decir, nos acostumbramos a vivir así. De paso lo escribí en este espacio… No sabía en el paquete intelectual que me había metido. Un profesor de cultura comparada y semiología no tardó en espetarme: ¡Vous êtes très ignorant..! Muy a la francesa; directo, elegante y obstinado, agregó: “Monsieur Viera-Blanco… jamás la gente se acostumbra a la violencia ¡Jamais!i Nadie hijo mío, nadie, se acostumbra a cohonestar con el miedo, la agresión o el peligro. En todo caso el ser humano lo rehúye, lo evade o lo evita, porque si acepta vivir con violencia, agresión o peligro, no será por costumbre, sino porque un tornillo le falta”…Vous avez compris?

Este jalón de orejas marcó en mucho mi percepción de las cosas. Comprendí el impacto de la indiferencia y del desprecio. Entendí que “habituarse” a cifras escandalosas de 20.000 muertes o 2.000 secuestros/año, no es por costumbre sino porque a todos nos falta una tuerca. Escudarnos en la habitualidad denota un dejo de victimización, que exime nuestra indolencia ciudadana. No adentrarse a las profundas raíces de la violencia seria consentirla –sic– esquiva, mezquina y enfermizamente… Poco le importa a un criminal quitarle la vida a un inocente, como nada nos importa a muchos, la vida y génesis de ese homicida. Y mientras no nos reconozcamos como causa de nuestra propia barbarie –sea por indiferencia o por ignorancia con la miseria– la violencia no cesará. Persistirá no por casualidad o mala leche, sino porque no hay nada más violento que ignorar al otro y pretender sobrevivir así…

Luis Vicente dice: “tengo miedo de estar… pero mucho más miedo me da no estar y perder todo por lo que hemos luchado. ¿Y tú?” La pregunta es pertinente en múltiples direcciones. Pero no deja de comportar un dejo-corto-de individualismo. Yo agregaría: Tengo miedo de no terminar entendiendo lo social. Temo –aun teniendo los medios y la oportunidad– no hacer lo propio para sanear carencias a quienes la padecen. Temo que aun en el desmadre que vivimos, muchos sigan siendo leales a una revolución, por no percibir de nosotros un mínimo de afecto y atención… Tengo miedo de no estar en Venezuela no sólo separado de los míos, sino de la razón y del corazón de los más necesitados, para persuadirlos que ese otro país polarizado, les quiere y no es su enemigo. No tengo miedo a perder mi carro, mi casa, mi despacho o mi fin de semana en Higuerote, sino a no enseñarle o transmitirle a mis hijos, que eso nada cuenta si no aprendemos a aliviar los reflujos históricos que condenan nuestra convivencia.

Luis Vicente agrega: “el país de los dos lados se cree su propia afirmación polarizante: ¡Estás con Dios o con el Diablo! (…) Paja podrida, simplismo grosero, manipulación política”. Aquí subes el tono sin necesidad amigo mío. La gente tiene derecho a estar confundida. “El diablo no es radical, sólo Dios lo es” (Hanna Arendt), por lo que somos buenos o malos por condición humana, no por azar ni por divinidad. Como seres pensantes debemos comprender que si existe una línea de vida, que no la impone ni Dios ni el demonio, sino nuestra consciencia. Si estás en esa línea, serás consciente y no por ello habrás ganado el cielo o el infierno. Solo existirás reflexivamente.

También temo a una radicalización más fuerte. Tengo miedo a vivir en microcosmos encapsulados por muros de contención que reducen el problema a nuestro propio mundo…Tengo miedo a depender de escoltas, alarmas o blindajes para salvarme yo, evadiendo el verdadero origen de la violencia, que es la indiferencia. Temo luchar por mis derechos sin comprender las carencias de los demás. Temo no estar donde poco he estado (barrios) por desinterés o por comodidad. Temo repetir nos acostumbraremos a vivir así, por indolentes, inconscientes e irreflexivos. Y me temo que nuestra irreverencia contestataria no nos hará comprender, que en el reino del desprecio, la violencia reina.

A eso le tengo miedo. ¿Y tú?

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